Soberanía alimentaria individual y colectiva

Es muy triste como especie el haber perdido la noción del tiempo y desconocer los ciclos naturales de los alimentos, pero tal vez es más triste como desde  la sociedad occidental sentados contemplamos la corrupción moral con la que funcionan el sistema productivo y el de distribución. A esta altura del debate, con todos los aportes  provenientes de la ciencia y de conocimientos ancestrales, argumentos que se apoyan en estudios estadísticos y experiencias trascurridas, son pocos quienes se atreven a mantener que los transgénicos sirven para acabar con el “hambre en el mundo”. Un caso ejemplificador se puede observar  en el estudio llevado a cabo por el Banco Mundial (http://www.agassessment.org) en el que participaron 900 personas en más de 100 países durante 2005- 07 y que  entre otras conclusiones resumía que “el modelo agroecológico garantiza suficientes ingresos alimentarios a los más pobres, genera excedentes por la comercialización de dichos productos y es la forma más adecuada de desarrollar un modelo agrícola sostenible.”

En el Valle de Vilcabamba hay constantes muestras y ejemplos de que se ha entendido que es necesario actuar desde un ámbito colectivo, porque consumir “tomates ecológicos“ no es suficiente para revertir la crisis ecológica global, si no que es indispensable actuar desde espacios colectivos que permitan socializar propuestas, así como compartir experiencias y conocimientos.

El Valle Sagrado es una estrella brillante dentro del gran cosmos, en la que sus habitantes han tomado conciencia de que todos vivimos en un mismo planeta, que no entiende de fronteras artificiales, idiomáticas o culturales,  más bien se trata de una comunidad en la que las acciones individuales y  colectivas  sirven  como ejemplo de lucha contra la antinaturalidad del sistema agrícola industrial, que toma la supremacía humana como única ley incuestionable.

Es necesario avanzar de forma conjunta, con todas las especies, hacia un modelo armónico y equilibrado, para todos.  Debemos replantearnos además el hecho que la alimentación es un derecho humano y por lo tanto, nosotros, como individuos, deberíamos tratar de tener participación en todas las partes del sistema económico (producción, distribución y consumo) dedicando parte de nuestro tiempo diario a elaborar, distribuir y, obviamente, consumir, para avanzar hacia una soberanía alimentaria individual y colectiva.